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  • Alexis Jonay Alvarez Alvarez

Buscando olas en Sainte Marie (Madagascar): La isla de los Piratas.

Habíamos dejado atrás la “Gran Isla”, después de semanas buscando olas en las remotas aldeas del sur, donde apenas había agua dulce accesible y donde los días no se contaban en horas, sino que eran las mareas y los vientos los que marcaban el tiempo. Ya sentados dentro del enorme barco que nos había ido a recoger a la misma playa de Mohambo, al Noreste de Madagascar, esperábamos ansiosos nuestro nuevo destino, las remotas y diminutas islas de Sainte Marie (Nosy Boraha ) y Ile aux Natte, rodeadas de arrecifes de coral y costa virgen para explorar.


Nuestra idea era explorar la isla en busca de olas para surfear, recorriéndola de norte a sur por su cara este, usando la única carretera que se apreciaba en los mapas y que “serpenteaba” paralela a la barrera de coral que rodeaba la isla. Apenas había información sobre surf en estas islas y de momento, solo sabíamos que una gran barrera de coral bajaba desde el sur hasta el norte de la misma., suficiente para que nosotros fuéramos a explorar. Tras llegar al puerto y pasar la noche en la pequeña y “extraña” ciudad de Ambodifotatra, conseguimos que unos chicos nos alquilaran su moto y de ahí nos fuimos a buscar un lugar alejado de la ciudad donde pasar los días y desde donde pudiéramos empezar a buscar olas.

Estas islas fueron el lugar perfecto para que los temerosos piratas del Indico, escondieran sus barcos y tesoros, mientras esperaban para salir de nuevo a la mar a buscar otras “victimas”. La isla estaba llena de cementerios anónimos de estos piratas, con tumbas decoradas con extrañas formas o simplemente con piedras de gran tamaño como lapida improvisada. Los locales cuentan historias de piratas que morían traicionados y asesinados por sus propios compañeros, o con alguna enfermedad que traían ya al llegar a tierra.


Nos quedamos en casa de Amand un experimentado pescador y su familia, a unos pocos kilómetros de la ciudad, en su pequeña y humilde cabaña en la playa. Fue el quien nos advirtió de los fuertes y traicioneros vientos de la otra parte de la isla y también de la presencia de grandes tiburones blancos que patrullaban la zona…Todo eran ánimos para salir a buscar olas. Salimos temprano con nuestra moto a recorrer la carretera de la costa, Lo que parecían que iban hacer unos cuantos minutos en moto, fueron horas desmontándonos y caminando con la moto por piedras y baches del tamaño de la misma moto. Cuando por fin conseguimos cruzar a la otra cara de la isla, la que mira de frente al océano Indico, por su parte mas norte, entendimos a lo que se refería nuestro amigo Amand. Muchos días de viaje para mirar detrás de estas montañas y de nuevo, el destino parecía tener otros planes para nosotros.


Una gran línea de espuma blanca bajaba hasta donde alcanzaba la vista. De manera constante y sin pausa, las olas rompían sin control sobre el coral, no se observaban olas “decentes” como tal por ningún lado desde allí, es decir, debido a la profundidad, el viento constante y a la forma de la pared coralina, las olas eran una masa de espuma que entraba violentamente laguna adentro, sin posibilidad de surfear nada.

Cuando llegamos a la aldea de la playa más próxima, un pescador se ofreció a acercarnos a la línea de coral con su pequeña barca. Tras pagarle una pequeña cantidad de dinero, pudimos confirmar lo que habíamos visto desde arriba. Seguimos teniendo la misma ilusión que el primer día, cuando bajamos del avión en Nosy Be, nada había cambiado, sabíamos que esto podía pasar porque la naturaleza es incontrolable. El solo hecho de llegar hasta allí y verlo con nuestros ojos, era más que suficiente. Eso no nos impidió que siguiéramos “buscando” por la costa hacia el sur los siguientes días.



En una de las aldeas, conocimos a un pescador que hablaba bastante bien el inglés, nos ofreció dar un paseo en su canoa hecha con un enorme tronco de árbol de Baobad negro, para atravesar una laguna de agua salada y llegar a las playas de detrás de la laguna, donde él decía que el mar y el viento estaban más calmados. Durante el paseo en la estrecha canoa, al salir de los manglares y empezar a navegar rumbo a la otra orilla, nos comentó que ese lugar era especialmente utilizado por enormes tiburones blancos hembra, para parir a sus crías. Como de un reflejo se tratará, no volvimos a mover ni un dedo hasta llegar al otro lado de la laguna.


Una vez allí, comprobamos que el hombre tenía razón, una enorme duna de arena, situada detrás de la laguna, hacía de freno al poderoso viento, dejando que las olas llegaran libres a la orilla ya que esa parte de la isla no tenía barrera de coral que las retuviera, de ahí que los tiburones pudieran entrar sin muchos problemas. En la misma orilla, rompía una diminuta pero divertida izquierda, no muy profunda, diría que menos de un metro. Olvidándome del miedo aterrador que mi mente me había provocado en la canoa, salte al agua y pude por fin, volver a sentir el empuje del mar sobre mi tabla. No fue el mejor baño de mi vida, ni mucho menos, pero la sensación de “lo conseguimos” era tal que todo lo demás no importaba.

La isla de los piratas, una joya perdida en el remoto Norte de Madagascar, tan inaccesible como salvaje, lugar de leyendas, feroces animales y paradisiacas playas desiertas.

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